viernes, 15 de noviembre de 2013

El libro maldito de Compostela

En 1878 un misterioso libro convulsiona la sociedad española.

Xosé Manuel Lema

Artículo publicado originariamente en EL CORREO GALLEGO


Faltaban pocos meses para que en la mágica Compostela fueran redescubiertos los supuestos restos del Apóstol Santiago, cuando una fiebre herética comienza a expandirse por la ciudad.


Era 1878, cuando una extraña publicación llega a manos de la iglesia. “Aldrete, ó los espiritistas españoles del sigloXVII” era un folleto de apenas cincuenta páginas, y en el que alguien, escondido bajo del pseudónimo de Niram-Alliv, recuperaba la obra de uno de los precursores del espiritismo en España, el controvertido médico Luís de Aldrete. Además de extractar la filosofía de un autor prohibido en su tiempo, y cuyos escritos habían sido borrados del mapa por la Santa Inquisición, el redactor clandestino hacía apología de la doctrina de contacto con el otro mundo.


El gurú del movimiento espiritista español, el Vizconde de Torres Solanot bendice la obra mediante un extenso artículo en una revista de tirada nacional. Y empieza la fiesta.


La preocupación entró en el palacio arzobispal. El Cardenal Miguel Payá reaccionó, articulando un equipo de tres censores que revisaron los polémicos textos. Las conclusiones fueron claras y determinaron que la obra estaba “plagada de proposiciones heréticas, erróneas, temerarias e injuriosas con la iglesia”. Payá y Rico firmó la sentencia condenatoria un 29 de julio prohibiendo la lectura y circulación del trabajo de Niram-Alliv. Días después el Diario de Santiago, en cuyos talleres se imprimiera el cuaderno, publica el mandato de censura en primera plana e inicia un rosario de ataques contra su promotor.


Pero la decisión eclesiástica produjo el efecto contrario. El “libro maldito” generó un aluvión de comentarios, y aunque sus ejemplares fueron perseguidos, no tardaron en aparecer nuevas ediciones en otras comunidades y países. 


Se activan viejos debates sobre los dogmas católicos y las especulaciones sobre el más allá. Mientras algunos periódicos celebran la tarea divulgadora del misterioso escritor, otros lo critican agriamente. Él se defiende con algunas cartas. Lo que estaba claro es que la censura del Arzobispo Payá le había hecho una promoción estupenda. Un curioso libro, cuya segunda edición se gestó en Barcelona, y que hoy en día aún circula por Internet y se cotiza a un precio entre 100 y 180 euros.

El hecho es que las viejas ideas sepultadas de Aldrete habían resucitado. Y el tal Niram-Alliv adquirió una enorme popularidad. ¿Pero quien se refugiaba detrás de ese nombre?


El alcalde espiritista de Compostela

La identidad del hombre que revolucionó la sociedad gallega y española en 1878 no tardó en conocerse. Niram-Alliv nació de un anagrama del apellido Villamarín.

El personaje en cuestión era el polifacético José Sánchez Villamarín, alcalde de Teo durante varios años y de Santiago en 1873, además de destacado ingeniero agrónomo, abogado, activista republicano, autor de diferentes estudios sobre agricultura y autor de una propuesta del Estatuto de Galicia. Fue el impulsor de la línea de ferrocarril Santiago-Carril.


Villamarín era miembro del grupo espiritista de Santiago y en 1881 gestiona una editorial que lanza alguna de sus obras. El nombre de la empresa no deja lugar a dudas: Niram-Alliv. Su trayectoria fue muy valorada, aunque la faceta ocultista le hizo recibir duras críticas. En su correspondencia con Menéndez Pelayo, el filósofo y periodista, Gumersindo Laverde se refiere a este hombre como “un abogado chiflado” al tiempo que rechaza el “Aldrete, ó los espiritistas españoles del sigloXVII”. Otro intelectual de la época, Alfredo Vicenti cree que pertenecer a la “secta del espiritismo” es poco menos que una enfermedad que padece el dirigente liberal. Sánchez Villamarín no deja de escribir sobre temas variados y gozar de la lectura de libros que seguían la estela de Allan Kardec. Una grave enfermedad lo va apartando durante varios años al ostracismo, hasta que fallece en noviembre de 1892 en su casa de la calle Huérfanas. En su concurrida despedida ni se recibió duelo ni se repartieron esquelas.

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